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Reseña.

El Impío, las nuevas alas de Juan de Prado para volar 

 

Por Silvia Cherem S.

El Impío, novela histórica excepcionalmente bien narrada y articulada por Andrés Spokoiny, comienza en Amberes en 1670, cuando Juan de Prado —médico, poeta y filósofo sefaradí quien formó parte, junto a Baruch Spinoza, del grupo de librepensadores judeoespañoles que vivieron en Ámsterdam a mediados del siglo XVII— le hace una petición a su hijo David/Francisco, de que escriba su vida. 

David (porque en su fuero interno quería ser judío), Francisco (para evitar ser perseguido por la Inquisición), era ya un hombre maduro y recibe esta solicitud como una cierta provocación. En su fuero interno no superaba la vergüenza y la animadversión contra su padre, lo culpaba de vivir una existencia errática e impredecible que condenó a la familia a ser estigmatizada, viviendo a salto de mata entre exilios y fugas. 

Calificado como hereje, no buscaba un alegato ni una defensa, simplemente deseaba transmitirle a su hijo (y de paso a nosotros, los lectores), quién fue, qué le tocó padecer, por qué nunca quiso retractarse de aquello en lo que creyó, porque quiso vivir en todos los mundos y, producto de una época convulsa de intolerancia y renovación, fue incapaz de vivir en ninguno, legándonos, sin saberlo, la modernidad judía que hoy habitamos. 

Hijo de un especiero, epíteto para los comerciantes portugueses sospechosos de judaísmo, Juan de Prado, calificado por Spokoiny como el “padre olvidado de la modernidad”, fue a un mismo tiempo un desarraigado, un sabio, un hereje y, sin lugar a duda, un adelantado a su tiempo. 

Nacido en 1614 en Portugal, Juan de Prado vivió con enorme curiosidad intelectual y sed de saber. De la mano de figuras tutoriales es un inconforme que todo cuestiona, un incomprendido en una época en la que Europa aún se debatía entre el oscurantismo religioso y la modernidad. El hilo conductor de su vida fue la duda, esa luz que es capaz de quemar los ojos, esa luz a la que él nunca estuvo dispuesto a sucumbir. 

El tejido de su vida y los hechos históricos están perfectamente contextualizados. Spokoiny nos lleva de la mano al viaje interior, al universo paralelo de este personaje que habita en tiempos de autoritarismo, cuando la libertad era un riesgo. Son tiempos en los que el mercado negro de la fe, el fervor religioso de los “cristianos devotos” y la “limpieza de la sangre”, lo permean todo. 

El libro transita en tiempos convulsos. Tiempos de dobles morales, suspicacias, traiciones, ritos secretos y complicidades. De adoctrinamientos forzados, de mártires y chivos expiatorios. De criptojudíos y marranos, como les llamaban. De persecuciones sangrientas y reproches. De escenarios catastróficos. De ambivalencias en torno a la “religión maldita” del judaísmo que, paradójicamente, era base sustancial del catolicismo mismo, la justificación de su existencia. 

 

En ese entorno en el que el converso tenía que comportarse como verdadero cristiano, porque era tan importante ser, como parecer, proliferan los chantajes y las amenazas contra moros y judíos. El antisemitismo lo permeaba todo y, por terrible que parezca, no había escapatorias. 

 

El judío converso, aquel que rechazaba su estirpe para poder sobrevivir, tampoco era aceptado.

 

Los guardianes de la Fe eran un peligro de intimidación continua y las mazmorras de la Inquisición era un pasaje certero a la tortura y a la muerte. El furibundo e inclemente Santo Oficio, la represiva maquinaria de la Santa Inquisición que de santa poco tenía, era un ultimátum para marcar la vida misma –aún con mentiras fabricadas– con la crueldad de las hogueras de los autos de fe, esa barbarie que se autoproclamaba “en nombre de Dios”. 

 

Como bien lo va narrando Spokoiny en las páginas del libro, aquellos eran tiempos en las que se libraban viejos rencores y celos mezquinos. Tiempos de esclavitud, de enormes injusticias, salvajismo y arbitrariedades. Tiempos de exilios y destierros. De intereses económicos, del ocaso de ese Imperio Español, dueño de dos mundos, que se sumía en deudas. De informantes y delatores, de soplones y espionaje, del heroísmo cruel y asesino de los soldados de Cristo que buscaban “desterrar la herejía” y, al mismo tiempo, sin el menor empacho, se hacían de los bienes de los acusados. 

Eran tiempos de la testaruda preservación de la fe. De persecuciones a moriscos y judaizantes, un caldero de intrigas, conspiraciones e insidia, de oropeles y miserias, de alcahuetes, pregoneros, titiriteros y esbirros adulones y miedosos, capaces de articular esa perversión que culminaba en atroces espectáculos públicos en los que se “relajaba” a los disidentes, un término ridículo para referirse a la quema en la hoguera de quienes amenazaban al estatus quo, tenían dinero, poder o credos diferentes. 

Eran tiempos también de la peste bubónica. De muertos y epidemia. De ciudades moribundas que perdían a más de la mitad de su población. La hecatombe corría por doquier. 

Sin embargo, también, soplaban aires de renovación. Surgía el protestantismo y la Reforma como un cisma de la iglesia misma. Descartes publicaba su Discurso del método, basado en un aristotelismo tardío, sustentado en la razón y el cuestionamiento a la fe divina (Pienso, luego existo); y el Renacimiento se desplegaba en las artes valorando al individuo, por sobre de todo. 

 

Surgía la imprenta, el mecanismo perfecto para democratizar la cultura y la información. Ese genial invento transformó a la humanidad, pero, en su momento, fue visto por la Iglesia como el “demonio” que llegó a corroer almas inocentes, a condenarlas al pecado, a la concupiscencia, a la herejía, porque, desde su perspectiva, no todo el mundo debía leer o saber. La Iglesia públicamente sostenía que el conocimiento era un acto de soberbia. 

Viviendo en la otredad, es decir, en el desarraigo permanente, Juan de Santos, con ayuda de figuras tutoriales, transita la duda, instalándose en diferentes mundos. Fue un extranjero atrapado en las contradicciones de la dualidad. Fue todo, porque no quiso renunciar a nada. Fue católico a conciencia y, luego, por convicción, decidió ser judío. Se impregnó del “imperio eterno de Cristo”, de “la tozudez judaica”, “del demonio judaico”, del “linaje maldito”, para asumir un retorno, un periplo a su propia sangre, a su legado judío. 

Viviendo en perpetua negación, clandestinidad y cuestionamientos, obligado por las persecuciones, optó también por ser ateo, creyendo que la religión no era más que una construcción de papel, una creación humana con la que se fanatiza a la gente brindándoles una falsa esperanza: hallar la salvación, con propuestas jamás sometidas a análisis. 

El autor describe con maestría los caminos y los espacios. Nos conduce de Portugal a Galicia, a Lopera en Andalucía, a Madrid y a Alcalá de Henares, donde Cervantes mismo vivió y en cuya Universidad Complutense, Juan de Prado se doctora con honores después de nueve años de estudios en Medicina, Teología y Filosofía, apuntando a ser una de las grandes luminarias de la cristiandad. Viajamos también a Málaga, Toledo, Sevilla y Andújar, donde la Santa Inquisición toca a la puerta de nuestro personaje. 

 

Juan de Prado sueña con llegar a Ámsterdam, una Tierra Prometida, un reducto de libertad religiosa y a donde finalmente arriba en 1654, después de transitar territorios controlados por España y Francia, tierras en las que era buscado y perseguido por los espías de la Inquisición.

 

En esa Ámsterdam, en donde lo reciben como sabio, como héroe de proporciones bíblicas, se enfrenta a las diferencias entre sefaradim y ashkenazim. Ahí construye una cofradía con un grupo de librepensadores que lo acompañan, nuevos hijos para quienes él, con su erudición, funge como figura tutelar. Spinoza, por supuesto, es el más brillante de sus pupilos.

 

Esa Ámsterdam de libertad será también el espacio de su condena y esa es la terrible paradoja de la existencia de Juan de Prado –o de Daniel de Prado, como él, al final de sus días se autonombra queriendo cambiar su esencia, revelándose abiertamente como judío. Ahí, en la capital holandesa, se convierte en un deísta secreto entre los judíos, entre sus correligionarios que lo someten al jerem. Es decir lo excomulgan, lo condenan como hereje en dos ocasiones, aún antes que a Spinoza: una, en la que abjura y se retracta para sobrevivir a la desaprobación; otra, en la que, empeñado por reformar al judaísmo desde adentro, darle una nueva luz, no tiene escapatoria, ni siquiera derecho a una sepultura judía. 

El personaje de Spokoiny se niega a sucumbir a su libertad de cuestionarlo todo, que a su entender es la esencia misma del judaísmo. Somete a la Biblia a un análisis histórico y científico y pone en duda su condición como obra de Dios. Dice: “¿Por qué debemos eximir a la Biblia del análisis histórico y científico al que sometemos a otros libros? ¿Por qué debemos aceptar ciegamente que es obra de Dios escrita por Moisés cuando la evidencia lo niega?” Con claro sentido de la insolencia, o de búsqueda de la verdad, se cuestiona si Moisés fue un simple escribano tomando notas o, quizá, un ser humano con quien se puede dialogar. 

Piensa que tanta ley inútil sólo aleja al hombre de Dios y empodera a los líderes religiosos.

 

Cree, como Spinoza, que la divinidad se ubica en la naturaleza misma, en la existencia de la propia vida. Cree en el hoy y en el ahora, no en la idea del futuro mesiánico. 

El judaísmo, debo decirlo, a diferencia del islam o del cristianismo, no mata en nombre de Dios, pero sí fue capaz de excomulgar a sus hijos más brillantes, con la justificación, que confieso no acabo de entender a cabalidad, de que los holandeses no permitían escépticos y ateos en su seno. 

En aquel siglo XVII —antesala del Siglo de las Luces, de la Ilustración y la fe en el conocimiento y el progreso—, de Prado estuvo dispuesto a buscar un camino propio, a transformar el concepto religioso. Se apegó al judaísmo a su manera. Es decir, como un visionario incomprendido en su tiempo entendió que se podía ser judío secular, sin ser religioso. No quería a ningún precio romper con la religión, sino reformarla, formar parte de la identidad colectiva, de la tradición milenaria, de la cultura y los valores humanistas, aún dudando de la existencia de un Dios escrutador y del yugo de las autoridades rabínicas (un concepto hoy común en las vertientes reformistas y conservadoras del judaísmo mismo). 

Juan de Prado fue a un tiempo filósofo y hombre de ciencia. Fue también sefaradí, español, holandés... Y fue un imán, el maestro capaz de convocar a un grupo de jóvenes judíos, librepensadores, para reflexionar, hallar un camino propio y ejercer su derecho a disentir. Entre ellos, Baltasar Orobio de Castro y Baruj Spinoza, en quienes sembró pensamientos, dudas y conocimientos. 

Spokoiny entra al alma humana, a las terribles contradicciones que se vivían en las familias mismas, entre quienes veían su judaísmo como una bendición y una alianza con el Ser Supremo a la que no podían ni debían claudicar, un heroico privilegio, y quienes cargaban su identidad como una soga al cuello, primero por las persecuciones de la Inquisición, y otros, como Daniel de Prado, porque se les negó la posibilidad de dudar en el seno mismo del judaísmo. 

Les confieso que, a Andy, así lo llaman sus amigos, lo siento cercano, pero hoy es la primera vez que nos vemos. Me congratulo de haber aceptado presentar su magnífica novela, bien escrita, bien articulada, bien documentada, interesantísima. 

Cuando la leía no podía dejar de pensar en la pasión que a mí me arrastró durante meses, años, escribir la vida y la tragedia de Esperanza Iris. Era como si alguien me hubiese pasado la estafeta y me hubiese obligado a rendir mi vida a sus pies, para dejar la historia, para que no se olvide, para que trascienda.

 

Estoy segura de que lo mismo le pasó a Andy. Una nota casual a pie de página se convirtió en su látigo, en la fusta que lo flageló condenándolo a escribir, a hurgar como detective hasta la última línea de la vida de su personaje, a someterse a un embrujo sin saber si saldría bien librado de ello. A ser un sheliaj mitzvá, el encargado de cumplir una obligación religiosa en nombre de otro: transmitir el legado de Juan de Prado y sostenerlo, con este libro, en el tiempo. Darle identidad. Reconocer su valía sin hacer apología de su persona.

 

Transmitir, asimismo, una lección de la historia: que la intolerancia es sangrienta, es injusta y es inhumana. Más, cuando se cometen las peores arbitrariedades en nombre de Dios porque, como bien dice Spokoiny, “no hay odio más profundo que el odio infundado”. Bien insiste él que “en la locura humana, cuánto más improbable es un dogma, más se está dispuesto a morir por él”.

 

Con El Impío en la mano, pienso en muchas personas que conozco, algunos neoleoneses profundamente católicos que hoy, quizá por la necesidad de pedir una visa española, reconocen que en su sangre hay una herencia sefaradí. Seguramente muchos de sus antepasados, como cristianos nuevos, como buenos conversos, se volvieron sanguinarios persecutores de judíos. Algunos, inclusive, para salvar el pellejo habrán participado en el Santo Oficio, como delatores o como juzgadores.

 

Para ellos, para nosotros, para cualquiera deseoso de conocer la historia, este libro es un fascinante viaje al pasado y un viaje interior. Juan de Prado, un aventurero que pecaba de mujeriego —al fin y al cabo, era humano—, nos sumerge en profundos cuestionamientos. Spokoiny nos somete al exilio y al destierro, nos obliga a cuestionar el lastre del poder de las verdades únicas.

 

Habla del desarraigo moderno, del desterrado que no sabe a dónde pertenece. Juan veía a su madre cantar en djudezmo o ladino, la lengua que hablaban los judíos en España: “Lloro y digo qué va a ser de mí. En tierras ajenas me vo murir”...

 

Leer un buen libro nos incita a la reflexión, nos cimbra, nos hace partir a otros lares. Nos hace valorar más las preguntas, que las respuestas. Como dice en alguna página del libro nuestro querido Andrés Spokoiny, “la partida es un periplo hacia uno mismo, que lleva a descubrir quién se es en realidad. El viaje es una exploración de la propia alma. En la partida y en la ruptura recorremos distancias enormes en el confinado espacio de nuestro corazón.

 

Partimos para reencontrarnos, partimos para escuchar el susurro del destino en el silencio del camino. Partimos para poder ser quien siempre fuimos”. Y más aún: “no hay arma que te proteja contra lo más aterrador que encierra todo viaje: lo que podemos descubrir acerca de nosotros mismos”.

 

Quiero agregar algo más, querido Andy, a mí me hubiera gustado más que el libro se llamara “El hereje eterno”, porque eso es lo que fue Juan de Prado. Impío es quien no tiene compasión o piedad, quien no tiene devoción religiosa o respeto por las cuestiones religiosas. Creo que el título no da en el blanco.

 

Juan de Prado fue un hombre profundamente religioso a su manera, fue un judío ejemplar, un judío que hoy, después de leer tu libro, muchos valoramos como referente del modernismo judío, como el judío laico aferrado a la duda, el hombre libre que no pudo ser.

 

Por supuesto, lejos queda el estigma de traidor, renegado e ingrato, hombre con “exceso de arrogancia intelectual”, como se le calificó, olvidado en el basurero de la historia. Por fortuna, querido Andy, 350 años después, algo/alguien te pasó la estafeta, te dictó su historia y rescataste a ese Ícaro que quemó sus alas. Le diste nuevo impulso para volar.

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